El Tesoro de Australia ha encendido el debate en el hemisferio sur con un análisis detallado sobre el impacto económico de la inteligencia artificial. El documento, preparado para el ministro de Finanzas Jim Chalmers, concluye que la IA será clave para alcanzar la meta de productividad del 1,2% anual, aunque advierte que su efecto en el mercado laboral será "profundo" y aún difícil de dimensionar.
El informe llega en un momento crítico. La productividad laboral australiana cayó en el ejercicio 2024-25 y se ha mantenido prácticamente estancada durante la última década. Para revertir esa tendencia, el gobierno de Anthony Albanese ve en la IA una herramienta estratégica, pero no suficiente por sí sola.
Una infraestructura que crece a toda velocidad
El contexto energético es inseparable del debate. Australia cuenta actualmente con 162 centros de datos operativos y otros 130 proyectos en carpeta, lo que casi duplicaría la capacidad nacional hasta rozar las 300 instalaciones. El ejecutivo prepara legislación específica para regular el consumo de energía y agua de estas infraestructuras, con la exigencia de incorporar nuevas fuentes renovables. No obstante, el reciente encuentro del National Cabinet otorgó cierta flexibilidad a Queensland y el Territorio del Norte, dos regiones donde la matriz energética sigue dependiendo del carbón.
La paradoja es evidente: la IA promete ser la palanca de la productividad, pero su huella de carbono amenaza con convertirse en su talón de Aquiles si la transición energética no avanza al mismo ritmo.
Productividad: el escenario base y los extremos
El análisis del Tesoro maneja tres escenarios. En el central, la IA contribuye a sostener ese 1,2% anual de crecimiento, aunque sin cubrirlo por completo. En un escenario optimista, una alta tasa de innovación en la frontera global y su rápida difusión hacia Australia podrían elevar la productividad al rango del 1,5% al 2%. En el peor caso, una desaceleración en la innovación y en la adopción tecnológica —sumada a barreras comerciales y tensiones geopolíticas— recortaría esas expectativas.
Esta estructura de escenarios no es nueva en la literatura económica, pero sí refleja una madurez institucional notable: Australia evita tanto el entusiasmo ingenua como el catastrofismo, y prefiere mapear probabilidades.
El factor laboral: la pregunta sin resolver
El término "profundo" que utiliza el documento para describir los efectos en el empleo no es casual. El Tesoro reconoce que la automatización de tareas cognitivas —no solo manuales— reconfigurará ocupaciones enteras. Sectores como administración, atención al cliente, análisis financiero y programación junior son los más expuestos, mientras que ganan terreno los perfiles híbridos con competencias en IA, ciencia de datos y dominio sectorial.
La pregunta clave que el informe deja abierta es si la destrucción de empleo será compensada con la creación de nuevos puestos o si, como ocurrió con revoluciones industriales anteriores, la transición será lo suficientemente lenta como para generar tensiones sociales significativas.
¿Por qué importa para América Latina?
Aunque el informe es australiano, sus implicaciones trascienden sus fronteras. Los países hispanohablantes enfrentan retos similares: productividades estancadas, mercados laboralesInformales extensos y una infraestructura digital desigual. El caso australiano demuestra que la IA puede formar parte de una estrategia nacional de productividad, pero requiere regulación energética, planificación educativa y, sobre todo, una narrativa pública que prepare a la población para la transición.
El dato incómodo
El Tesoro también señala que las estimaciones cuantitativas de la Comisión de Productividad sugieren que la IA generará "parte, pero no toda" la mejora de productividad asumida en las proyecciones. Es decir: sin reformas estructurales complementarias —educación, infraestructura, competencia económica— la IA por sí sola no resolverá el estancamiento. Es una advertencia que debería resonar en cualquier despacho ministerial que vea en la inteligencia artificial una solución mágica.
En definitiva, Australia se posiciona como un laboratorio interesante: combina ambición tecnológica con prudencia regulatoria, y asume que el futuro del trabajo será tan transformador como incierto.