En el panorama saturado de contenido sobre inteligencia artificial, donde las conferencias de desarrolladores se parecen cada vez más a shows de Broadway y los lanzamientos de productos recuerdan a actos de fe religiosa, aparece Ari Kuschnir con una propuesta que desnuda la pompa tecnológica desde el humor más incisivo.

Kuschnir, director y creativo con experiencia en cine y publicidad, ha desarrollado una serie de cortometrajes hiperrealistas que utilizan IA generativa para colocar a los rostros más reconocibles del mundo tecnológico —Sam Altman, CEO de OpenAI; Mark Zuckerberg, fundador de Meta; y hasta Donald Trump— en el papel de vendedores de productos imaginarios que promocionan futuros distópicos.

La técnica no es nueva en su concepto: los deepfakes han existido durante años. Lo que distingue el trabajo de Kuschnir es el acabado profesional, la narrativa afilada y, sobre todo, el propósito satírico. Sus anuncios ficticios parodian el lenguaje de la industria tecnológica —promesas grandiosas, futuro brillante, innovación transformadora— pero insertan productos que exponen las contradicciones más incómodas del sector.

«La industria tecnológica ha perfeccionado el arte de vender esperanza», explica Kuschnir en entrevistas recientes. «Yo simplemente les devuelvo el espejo. Si vas a prometerme que la IA salvará a la humanidad, también puedo venderte la droga que te hace creerlo, o el algoritmo que decide cuándo debes morir». La frase, aunque contundente, sintetiza la propuesta estética del proyecto: usar las herramientas del sistema para criticarlo.

El fenómeno adquiere relevancia en un momento donde la línea entre comunicación corporativa y manipulación informativa se vuelve cada vez más difusa. Las mismas tecnologías que permiten crear estos infomerciales satíricos son las que empresas como OpenAI, Google y Meta utilizan para generar contenido de marketing cada vez más sofisticado. La pregunta que plantea Kuschnir no es si estos videos son reales, sino por qué nos resulta tan fácil creer que podrían serlo.

Desde una perspectiva técnica, los cortometrajes emplean una combinación de modelos de generación de imagen y video que han mejorado exponencialmente en los últimos 18 meses. Herramientas como Sora de OpenAI, Veo de Google y los avances en generación de rostros consistentes han reducido dramáticamente las barreras para crear contenido pseudo-realista. Esto, que para muchos representa un avance tecnológico impresionante, para Kuschnir es precisamente el problema: la democratización de la manipulación visual.

El impacto cultural de este trabajo trasciende lo puramente artístico. En un sector donde figuras como Altman y Zuckerberg han aprendido a controlar su narrativa mediática con precisión quirúrgica —entrevistas cuidadosamente diseñadas, apariciones públicas calculadas, redes sociales curadas—, Kuschnir les roba el control de su propia imagen de manera temporal pero efectiva. No hackea sistemas ni roba datos; simplemente utiliza la misma IA que ellos desarrollan para mostrar lo que sus mensajes ocultan.

La reacción del ecosistema tecnológico ha sido mixto, como era de esperar. Algunos ejecutivos han respondido con humor, reconociendo la crítica implícita. Otros han mantenido un silencio que, en un mundo donde cada movimiento se mide en engagement, dice más que cualquier comunicado. El público general, mientras tanto, comparte estos videos masivamente, atraído tanto por el entretenimiento como por el reconocimiento de verdades incómodas.

Para los profesionales hispanohablantes del sector tecnológico, este fenómeno ofrece un caso de estudio fascinante sobre la relación entre tecnología, narrativa y poder. El trabajo de Kuschnir no es simplemente entretenimiento; es un comentario sobre cómo las grandes corporaciones de IA han aprendido a vender sus productos con las mismas técnicas que la publicidad tradicional, pero sin ninguna de las regulaciones que protegen a los consumidores de afirmaciones falsas en otros sectores.

La pregunta que queda suspendida, como un producto más en el estante de estos anuncios ficticios, es sencilla y terrible a la vez: si la sátira se vuelve indistinguible de la realidad, ¿qué nos queda para distinguir entre el sueño tecnológico y la pesadilla?

Kuschnir, por su parte, parece disfrutar de la ambigüedad. «Si mi video logra que alguien se pregunte qué le están vendiendo exactamente cuando alguien le promete un futuro mejor gracias a la IA», concluye, «entonces ya cumplí mi objetivo». En una industria construida sobre promesas, quizás lo más revolucionario sea simplemente hacerlas transparentes.