En la década de los 50, el lanzamiento del Sputnik-1 por la Unión Soviética sorprendió a Estados Unidos y marcó el inicio de una carrera tecnológica que definió la Guerra Fría. Hoy, el escenario se repite con China como el nuevo challenger, cuya serie de avances –desde misiles hipersónicos hasta modelos de inteligencia artificial de vanguardia– no son fruto de la casualidad, sino el resultado de una estrategia de innovación construida durante décadas.

Un estudio reciente del National Bureau of Economic Research (NBER) analizó cerca de 14 millones de publicaciones de patentes chinas entre 1985 y 2023 para rastrear el origen de esos "momentos Sputnik". Los investigadores descubrieron que la actividad patentadora en áreas críticas definidas por el Departamento de Defensa de EE. UU. ha crecido de forma sostenida, pasando de menos de diez mil solicitudes anuales a principios de los 2000 a más de 400 000 en 2022.

Este aumento no es solo cuantitativo. Un informe complementario del Australian Strategic Policy Institute (ASPI) señala que China lidera actualmente en 69 de los 74 dominios tecnológicos considerados críticos y emergentes, abarcando desde la computación cuántica hasta la fabricación de semiconductores avanzados.

Entre los ejemplos más llamativos se encuentran el misil DF‑17, capaz de viajar a más de cinco veces la velocidad del sonido y portar carga nuclear, y los últimos modelos de lenguaje que rivalizan con GPT‑4 en pruebas de razonamiento. Asimismo, las fábricas de chips chinas han logrado producir nodos de 7 nm y están invirtiendo fuertemente en litografía de ultravioleta extremo para cerrar la brecha con TSMC y Samsung.

El éxito chino se explica por una combinación de financiación estatal masiva, un sistema de educación técnico que produce cientos de miles de ingenieros cada año y una política de propiedad intelectual que incentiva tanto la cantidad como la calidad de las invenciones. Las empresas estatales y los parques tecnológicos reciben subsidios condicionados a metas de patenteo y a la transferencia de resultados a sectores estratégicos como la defensa y la inteligencia artificial.

Para naciones como Australia, que buscan fortalecer su soberanía tecnológica, la experiencia china ofrece tres lecciones clave: primero, mantener una inversión pública constante en I+D durante ciclos económicos largos; segundo, alinear los sistemas de formación universitaria y vocacional con las necesidades de la industria crítica; y tercero, crear marcos de propiedad intelectual que recompensen la innovación real sin caer en el mero registro de patentes de baja calidad.

En América Latina, donde los presupuestos de ciencia y tecnología suelen ser volátiles, el caso chino sugiere que la estabilidad del financiamiento y la visión a largo plazo son más decisivos que los esporádicos estímulos puntuales. Además, la colaboración entre centros de investigación, empresas privadas y fuerzas armadas puede acelerar la transición de descubrimientos de laboratorio a aplicaciones de defensa y productividad.

En definitiva, el ascenso de China no es un fenómeno de la noche a la mañana, sino el resultado de una estrategia de décadas que combina volumen, calidad y dirección estratégica. Otros países que aspiren a competir en el escenario global de la IA y la tecnología avanzada deben mirar más allá de los titulares de los "momentos Sputnik" y enfocarse en los cimientos que los hacen posibles.