En un movimiento con implicaciones que sacudirán los cimientos de la industria de la inteligencia artificial, el Departamento de Justicia de Estados Unidos (DOJ) ha presentado ante un tribunal federal su postura oficial a favor del fair use —uso legítimo— en el entrenamiento de modelos de IA con material protegido por derechos de autor. El caso que sirve de escenario es la demanda colectiva interpuesta por The New York Times contra OpenAI y Microsoft, considerado ya el juicio más importante de la década para el sector tecnológico.

Lo verdaderamente explosivo del asunto no es solo el contenido del escrito, sino el choque institucional que revela. La posición del DOJ contradice frontalmente un informe reciente de la Oficina de Copyright de EE.UU., que precisamente advertía sobre los riesgos de considerar automáticamente el entrenamiento de IA como uso legítimo. Horas después de que se publicara dicho informe, su director, Shira Perlmutter, fue despedida por la administración Trump. Una casualidad que, cuanto menos, alimenta suspicacias.

Un giro con aroma político

El affaire Perlmutter ha encendido las alarmas en el sector legal y creativo. Que el organismo encargado de velar por los derechos de autor en el país quede desautorizado por el propio Departamento de Justicia —y a través de un escrito que precisamente llega tras la destitución de su líder— dibuja un escenario donde las decisiones sobre el futuro de la IA generativa se están tomando más en despachos políticos que en instancias técnicas o jurídicas neutrales.

Para los profesionales del sector tech, esto significa una cosa clara: la regulación de la inteligencia artificial en Estados Unidos se está definiendo a golpe de decreto, no de consenso.

¿Por qué importa tanto este caso?

El litigio entre The New York Times y los gigantes de la IA no es un caso menor. The NYT ha sido especialmente agresivo: ha presentado ejemplos de cómo los modelos reproducen verbatim artículos protegidos, algo que los demandados califican como excepciones estadísticas pero que el periódico considera una violación flagrante de propiedad intelectual.

Si el tribunal finalmente respalda la tesis del fair use —ahora con el espaldarazo explícito del DOJ— estaríamos ante un escenario de mínimos para editores, periodistas, escritores y creadores de contenido. La industria del contenido, que ya viene alertando del expolio que supone el entrenamiento masivo sin compensación, vería cómo sus principales vías de ingresos (suscripciones y licencias) quedan seriamente amenazadas.

Por el contrario, un fallo contrario a OpenAI y Microsoftobligaría a las grandes tecnológicas a replantearse desde cero cómo entrenan sus modelos, con costes adicionales enormes y, sobre todo, con la necesidad de llegar a acuerdos de licenciamiento masivo con prácticamente todos los editores del mundo.

¿Qué dicen los precedentes?

La cuestión no es nueva. Casos anteriores en el mundo del derecho de autor, como el de Google Books en 2015, establecieron precedentes importantes sobre el fair use en proyectos de digitalización. Sin embargo, el salto cualitativo que supone entrenar modelos generativos —capaces de producir contenido competitivo con el humano— lleva la cuestión a un terreno completamente distinto.

La comunidad jurídica internacional observa con atención. Europa ya dio un paso importante con la Directiva de Copyright de 2019, que establece excepciones más restrictivas para el text and data mining. La decisión del tribunal estadounidense en este caso podría provocar un efecto dominó o, por el contrario, reforzar la postura europea como una alternativa más proteccionista de los creadores.

El elefante en la sala

Más allá de las cuestiones legales, subyace un debate filosófico de calado: ¿es justo que empresas valoradas en cientos de miles de millones de dólares se beneficien del trabajo intelectual ajeno sin compensación? ¿Dónde está la línea entre inspiración y apropiación? Las grandes editoriales y medios de comunicación están apostando por la vía judicial, conscientes de que el precedente que se siente aquí marcará las reglas del juego durante, al menos, la próxima década.

Por ahora, el reloj judicial sigue corriendo, y el reloj político, también. Lo que ocurra en los próximos meses en un tribunal de Manhattan podría determinar si la próxima generación de modelos de IA se entrena con permiso o sin él, pero con consentimiento o por la fuerza de la ley.