La humanidad ha mirado con miedo y, a veces, con fascinación, hacia el fin del mundo desde el inicio de su existencia. El Libro del Apocalipsis en la Biblia describe un período de tribulación, guerras, hambrunas, plagas, inundaciones y catástrofes ambientales que hoy parece menos absurdo que en el pasado. El Islam también prevé un día del juicio final, y los cristianos evangélicos creen en el arrebatamiento, donde solo unos pocos elegidos serán salvados mientras los pecadores son condenados. Aunque estas visiones son minoritarias, la realidad geopolítica sugiere que el peligro nuclear, a menudo ignorado, podría ser el verdadero precursor de un cataclismo global.
En los últimos años, el discurso público se ha centrado casi exclusivamente en los posibles peligros de la inteligencia artificial, considerada por algunos como el último presagio del apocalipsis. Las declaraciones del expresidente Donald Trump, quien negó rotundamente los riesgos que supuestamente plantea la IA, han alimentado un debate sobre si esta distracción colectiva cumple con la profecía de Pedro: «En los últimos días vendrán escarnecedores...». Trump, descrito como la máquina del fin del mundo en un solo hombre, parece encarnar el escepticismo y los deseos egoístas que han impedido que la humanidad aborde amenazas más concretas y existentes.
Sin embargo, la creciente proliferación de armas nucleares avanzadas es un hecho innegable que no puede ser ignorado. Países como Rusia, Estados Unidos, China, India y Pakistán han modernizado sus arsenales, incorporando ojivas de mayor precisión, misiles hipersónicos y sistemas de lanzamiento desde submarinos. Además, nuevas potencias nucleares emergentes y la posibilidad de que actores no estatales obtengan tecnología nuclear agravan el escenario. Según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), el número de armas nucleares operativas en el mundo supera los 13 000, y la tendencia hacia la modernización es imparable.
Este acelerado rearme nuclear contrasta agudamente con la obsesión global por la IA. Mientras los medios y las políticas se centran en los posibles escenarios distópicos de la IA, el riesgo de una catástrofe nuclear se ha vuelto más probable. El científico de la novela de Robert Harris, *The Second Sleep*, advertía sobre múltiples amenazas existenciales, pero lo que finalmente destruyó la civilización fue un colapso digital global, un escenario que hoy podría combinarse con una escalada nuclear.
La distracción con la IA no es solo un problema de prioridades mediáticas; también refleja una dinámica psicológica más profunda. La fascinación con tecnologías emergentes puede actuar como un mecanismo de defensa, permitiendo a las sociedades evitar confrontar realidades incómodas y aterradoras, como la posibilidad de una aniquilación nuclear. La retórica escéptica y la negación, tan presentes en los discursos sobre la IA, también pueden servir para justificar la inacción frente a un peligro que parece demasiado abstracto o remoto para ser abordado de manera inmediata.
Desde el punto de vista político, la actual falta de progreso en materia de desarme nuclear es alarmante. El Tratado de Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, aunque ratificado por más de 180 países, no ha entrado plenamente en vigor debido a la no ratificación de algunas potencias clave. Asimismo, las conversaciones sobre la renovación de los tratados de control de armas, como el Nuevo START, se estancan en medio de crecientes tensiones geopolíticas. La comunidad internacional parece atrapada en un ciclo de modernización continua, en lugar de buscar una reducción significativa de los arsenales.
¿Por qué esto importa? Porque las armas nucleares siguen siendo la única tecnología capaz de destruir la civilización tal como la conocemos en cuestión de minutos. La probabilidad de un error de cálculo, un ciberataque a las instalaciones nucleares o una escalada impulsada por la IA en una crisis es mucho mayor de lo que muchos investigadores de seguridad admiten. Ignorar esta amenaza en favor de especulaciones sobre una inteligencia artificial futura podría ser un error catastrófico.
En conclusión, el mundo debe reorientar su atención hacia el peligro nuclear, que es real, presente y en aumento. Aunque la IA plantea desafíos éticos y existenciales que no pueden ser ignorados, no deben servir de cortina de humo para evitar abordar la inminente amenaza de la aniquilación nuclear. La historia juzgará no solo a quienes se centraron en el apocalipsis tecnológico, sino también a quienes permitieron que la maquinaria de la destrucción nuclear siguiera funcionando sin control.