El Reino Unido ha sorprendido a los mercados con un crecimiento del PIB del 0.4 % en julio, muy por encima del pronóstico de crecimiento cero que manejaban los economistas de la City. Los datos publicados por la Office for National Statistics (ONS) sitúan la economía británica en una posición inesperadamente favorable justo cuando el canciller John Healey se prepara para presentar el presupuesto de otoño el próximo mes.

El dato del mes pasado ya había dejado un 0.3 % de expansión, pero lo que realmente ha llamado la atención en los analistas es la composición de ese crecimiento. Según las estimaciones preliminares del ONS, el sector de servicios —donde se concentra la mayor parte de la economía británica— ha experimentado un impulso notable vinculado directamente a la adopción acelerada de herramientas de inteligencia artificial. Empresas de finanzas, salud, legal y consultoría están integrando modelos de IA generativa en sus flujos de trabajo, lo que está traduciéndose en productividad y nuevos ingresos.

Este fenómeno no es casual. El Reino Unido ha apostado fuerte por posicionarse como hub europeo de IA, con inversiones públicas y privadas que superan los 4.000 millones de libras en los últimos dos años. Sede de DeepMind, Stability AI y decenas de startups del ecosistema, Londres concentra casi el 30 % de la inversión europea en inteligencia artificial. El efecto se nota ahora en los indicadores macroeconómicos.

Paradójicamente, este crecimiento llega en un contexto de tensión geopolítica. La guerra en Irán y sus repercusiones en los mercados energéticos y de suministro habían generado expectativas de desaceleración en toda Europa. El hecho de que la IA esté compensando parte de ese impacto negativo es, en opinión de varios analistas, una señal de que la automatización inteligente está empezando a traducirse en valor económico tangible, no solo en promesas corporativas.

Para John Healey, el ministro de Economía, estos datos son un alivio significativo. Con una inflación aún persistente y un mercado laboral que muestra signos de enfriamiento, el crecimiento inesperado le da margen para anunciar medidas fiscales más ambiciosas en el presupuesto de noviembre sin comprometer la confianza de los mercados. Se esperan recortes impositivos para sectores tecnológicos y mayores inversiones en infraestructura digital.

Sin embargo, no todos ven el panorama tan optimista. Críticos señalan que el crecimiento de julio podría ser efímero si la adopción de IA no se traduce en empleo de calidad. La productividad por hora trabajada ha mejorado, pero el número de puestos en sectores tradicionales sigue cayendo. El riesgo, advierten economistas del Resolution Foundation, es una recuperación desigual que beneficie a las grandes empresas tecnológicas mientras deja atrás a las pymes.

Además, la dependencia de un solo sector como motor del crecimiento genera vulnerabilidad. Si la inversión en IA se frenara por regulaciones más estrictas —como las que se discuten en la UE con el AI Act— o por una desaceleración global, el efecto multiplicador podría revertirse rápidamente.

En cualquier caso, el dato de julio marca un punto de inflexión simbólico: por primera vez, la inteligencia artificial no solo se debate en laboratorios y ferias tecnológicas, sino que se mide en porcentajes de PIB y en decisiones de política fiscal. La pregunta que queda es si este impulso se sostiene o es solo un respiro temporal antes de los próximos desafíos económicos.

Lo que sí es claro es que el Reino Unido se ha convertido en un laboratorio viviente para medir el impacto económico real de la IA. Los próximos meses serán cruciales para saber si el crecimiento de julio es la excepción o el comienzo de una tendencia que otros países intentarán replicar.