El Melbourne Theatre Company estrena 'Eliza', la nueva pieza del dramaturgo australiano Tom Holloway que se sumerge en el momento cero de la inteligencia artificial: el MIT de 1966, donde Joseph Weizenbaum creó el primer chatbot de la historia. Lejos de perseguir la actualidad tecnológica —que muta a velocidad de vértigo—, Holloway elige el origen para fijar fronteras estables y preguntarse qué significa que una máquina simule la conversación humana.

Weizenbaum (interpretado por Dan Spielman) desarrolla un lenguaje de programación que permite a un ordenador imitar el tono de un terapeuta rogeriano: repite frases, formula preguntas abiertas del tipo "¿cómo se siente al respecto?" y, paradójicamente, busca refutar la tesis de Alan Turing sobre la posibilidad de que las máquinas piensen. El programa, bautizado ELIZA en honor a Eliza Doolittle de 'Pigmalión', se convierte en un fenómeno inesperado: usuarios reales establecen vínculos emocionales con el sistema, proyectando inteligencia donde solo hay coincidencia de patrones.

La crítica destaca el nivel del elenco —Hamish Michael como el colega Ron y Manali Datar como la secretaria Becky—, pero señala que la obra debería resultar más humana. Esa tensión es el núcleo del asunto: Holloway escribe sobre el nacimiento de la IA, pero el verdadero protagonista es el malestar de Weizenbaum al ver cómo su creación es malinterpretada. El científico, que luego se convertiría en uno de los más feroces críticos de la IA, entendió antes que nadie el peligro de delegar juicio humano en algoritmos que solo simulan comprensión.

El montaje llega en un momento clave. Los grandes modelos de lenguaje actuales —ChatGPT, Claude, Gemini— son, en esencia, descendientes directos de ELIZA: sistemas que predicen la siguiente palabra basándose en patrones estadísticos masivos, pero que generan la ilusión de razonamiento y empatía. La obra obliga a preguntarnos si hemos avanzado tanto como creemos o si seguimos cayendo en la misma trampa antropomórfica que Weizenbaum denunció hace casi seis décadas.

Para los profesionales tecnológicos hispanohablantes, 'Eliza' no es solo teatro: es un recordatorio de que la ética en IA no comenzó con el Reglamento Europeo ni con los debates sobre alineamiento, sino en el instante en que un programa preguntó "¿cómo se siente al respecto?" y un humano respondió con su intimidad. La pieza de Holloway sugiere que, sin una reflexión profunda sobre los límites de la simulación, corremos el riesgo de repetir el error a escala planetaria.

En definitiva, 'Eliza' funciona como un espejo histórico: nos muestra que la primera inteligencia artificial no nació para servir, sino para cuestionar. Y ese cuestionamiento —¿qué perdemos cuando confundimos simulación con comprensión?— sigue siendo la pregunta más urgente para quienes construyen y regulan la IA de hoy.