El artículo de Brigid Delaney en The Guardian ha resonado entre lectores que sienten que el futuro se vislumbra cada vez más sombrío. Delaney relata una charla con un viejo amigo que, al hablar de los estudios universitarios de sus hijos, se detiene, mira al vacío y confiesa: “Desearía no haber tenido hijos”. Ese momento captura un sentimiento de nihilismo que, según la autora, se ha colado en el imaginario colectivo este año, alimentado por titulares que anuncian la posible extinción de la humanidad por inteligencia artificial.\n\nEste pesimismo no surge de la nada. En los últimos años, informes de think tanks, encuestas de opinión y series de televisión han popularizado la idea de una superinteligencia descontrolada que podría borrarnos del mapa. Mientras los avances en modelos de lenguaje y visión por computadora siguen rompiendo récords, la narrativa pública tiende a enfocarse en el escenario más catastrófico, dejando de lado los matices y los beneficios potenciales. La obsesión con el fin del mundo funciona como un espejo que refleja nuestras propias ansiedades existenciales más que una predicción técnica rigurosa.\n\nDesde una perspectiva psicológica, proyectar el temor a la annihilación sobre la IA es una forma de desplazamiento: cuando la sociedad carece de un sentido compartido de propósito, es más fácil canalizar la angustia hacia una amenaza externa y aparentemente incontrolable. La falta de metas colectivas claras, la precariedad laboral y la fragmentación de las comunidades han dejado un vacío que la tecnología, por su velocidad y opacidad, llena con escenarios de apocalipsis. Delaney señala que, en lugar de esperar que los ingenieros o las corporaciones ofrezcan una solución, debemos volver a preguntarnos qué constituye el florecimiento humano.\n\nLa propuesta de la autora no es tecnológica, sino humanista: identificar los ingredientes que permiten a las personas vivir vidas plenas y significativas. Entre ellos destacan las relaciones afectivas profundas, la posibilidad de contribuir a algo mayor que uno mismo, la expresión creativa y la sensación de pertenencia a una comunidad. Estos elementos no pueden ser programados en un algoritmo; requieren políticas de bienestar, espacios educativos que fomenten el pensamiento crítico y entornos laborales que respeten la dignidad.\n\nEn el mundo hispanohablante, donde la desigualdad y el acceso desigual a la educación siguen siendo desafíos importantes, esta reflexión adquiere particular relevancia. Si la IA se despliega sin acompañarla de inversiones en capital humano y en tejido social, corre el riesgo de profundizar las brechas existentes y de alimentar aún más el desánimo. Por el contrario, si se utiliza como herramienta para ampliar el acceso a la conocimiento, para apoyar la creación artística colectiva o para mejorar los sistemas de salud pública, puede convertirse en un aliado del florecimiento que Delaney propone.\n\nLos líderes tecnológicos y los responsables de políticas deben, por tanto, trascender la dicotomía entre optimismo tecno‑utópico y pesimismo apocalíptico. Necesitan marcos regulatorios que evalúen no solo la seguridad técnica de los sistemas, sino también su impacto en el bienestar subjetivo de las personas. Asimismo, las empresas deben incorporar métricas de propósito y de satisfacción laboral en sus evaluaciones de rendimiento, reconociendo que la innovación sostenible nace de equipos motivados y con sentido de misión.\n\nEn definitiva, el llamado de Delaney nos invita a dejar de mirar la IA como un juez que decide nuestro destino y a convertirla en un espejo que nos muestre qué valoramos realmente. Sólo al cultivar deliberadamente las condiciones para el florecimiento humano — relaciones, propósito, creatividad y comunidad — podremos enfrentar cualquier avance tecnológico con esperanza en lugar de resignación. El verdadero desafío no es evitar que la IA nos elimine, sino asegurarnos de que, cualquiera que sea su forma, sirva para enriquecer, no para vaciar, nuestras vidas.