El reciente artículo de Alexander Hurst en The Guardian sobre la fricción necesaria en la vida humana frente a la promesa –o amenaza– de los algoritmos de inteligencia artificial generó una respuesta que va más allá de la tecnología. Lynsey Hanley, columnista británica, lanzó una pregunta incómoda: si lo único que te mantiene despierto por la noche es la IA, quizás estás viviendo mejor de lo que crees.

Esta reflexión, aunque proviene del contexto británico, resuena con particular fuerza en el mundo hispanohablante. En España, donde la inflación ha golpeado los hogares y los servicios públicos muestran signos de agotamiento, y en América Latina, donde la pobreza y la desigualdad siguen siendo estructurales, la preocupación por si los algoritmos quitaremos trabajos o manipularán nuestra atención parece un debate de otra galaxia.

Hanley participa voluntariamente en un grupo que prepara comidas calientes para personas sin hogar en Liverpool. Describe cómo esos platos representan el único alivio del día para quienes enfrentan lo que ella denomina "hassles analógicos": invisibilidad, enfermedad, falta de respeto y pobreza material. Desde esa perspectiva, las "depredaciones específicas de la IA", creadas por "hombres sin alma", parecen inexistentes.

El contraste es brutal y necesario. Mientras en Silicon Valley se discuten los riesgos existenciales de la inteligencia artificial general, en Ciudad de México, Bogotá o Buenos Aires, millones de personas se preguntan si tendrán qué comer mañana. No es que la IA no importe –importa, y mucho–, sino que su impacto está profundamente estratificado por la clase social y la geografía.

En el mundo tech hispanohablante, este debate adquiere matices particulares. Los profesionales de IA en España o México pueden permitirse el lujo de preocuparse por el sesgo algorítmico o la desinformación porque tienen estabilidad económica. Pero la brecha digital en América Latina –donde más de 170 millones de personas no tienen acceso a internet– significa que la IA es, en el mejor de los casos, una abstracción lejana.

Esto no significa que debamos ignorar los riesgos de la IA. La automatización sí displace trabajadores en sectores como la manufactura o el servicio al cliente. Los deepfakes sí representan una amenaza para la democracia. Los sesgos algorítmicos sí perpetúan discriminaciones. Pero contextualizar estos problemas no es minimizarlos; es entender quién los sufre y quién tiene el privilegio de debatirlos.

La carta de Hanley también plantea una pregunta incómoda para la industria tecnológica: ¿quién está creando estos sistemas? Su referencia a "hombres sin alma" no es casual. La homogeneidad en las salas donde se decide el futuro de la IA –predominantemente hombres jóvenes, blancos o asiáticos, de clase media-alta, en Silicon Valley o Hangzhou– genera productos que reflejan sus preocupaciones, no las de la mayoría global.

Para los profesionales tech hispanohablantes, esto debería ser una llamada a la reflexión. Cuando asistimos a conferencias sobre IA ética o leemos artículos sobre regulación, estamos participando en un lujo intelectual. La pregunta no es si la IA es buena o mala –es ambas cosas–, sino para quién y bajo qué condiciones.

Quizás la verdadera fricción que necesitamos no es la que los algoritmos eliminan, sino la que nos obliga a mirar más allá de nuestra burbuja. Como escribió Hanley, la fricción analógica de la pobreza, la vivienda insegura y los servicios públicos deteriorados es la que define la vida de millones. Y esa fricción no la resuelve ningún modelo de lenguaje grande.

El futuro de la IA no se decidirá solo en laboratorios o reuniones de reguladores. Se decidirá en cómo las sociedades decidan distribuir sus beneficios y mitigar sus daños. Y para eso, primero hay que reconocer quién tiene voz y quién, simplemente, intenta sobrevivir al día.