Hay un sonido que se ha colado en el transporte publico de medio mundo y que no procede de ninguna obra, ni de un claxon, ni siquiera de una conversacion a gritos. Es el sonido plastificado de un reel de Instagram, un clip de TikTok o un video de YouTube reproducido sin auriculares desde el altavoz de un smartphone, a un volumen que parece calculado para humillar a quien tenga la mala suerte de compartir vagon. El periodista britanico Dan Hancox lo ha bautizado con un termino demoledor: loudcasting, literalmente, emitir a gritos lo que deberia escucharse en privado.
Lo fascinante de este fenomeno no es solo lo molesto que resulta, sino lo revelador que es de nuestra relacion actual con la tecnologia. El loudcasting combina tres tendencias que los profesionales tech llevamos anos observando: la economia de la atencion exprimida al maximo, el deterioro de la etiquette digital y la normalizacion de comportamientos que, hace una decada, habrian sido socialmente intolerables.
La pieza original, publicada en The Guardian, parte de una cita del DJ y pensador urbano Elijah: las ciudades interesantes no pueden ser silenciosas. La idea es seductora. El ruido urbano es seccion de vida, de comercio, de conflicto creativo. Quien haya paseado por un mercado de Lagos, un barrio de Sao Paulo o las ramblas de Caracas entiende que el sonido es civismo. Pero, como bien senala Hancox, no todos los sonidos urbanos merecen la misma bienvenida. El ruido de un violinista callejero, el murmullo de una cafeteria o la algarabia de un grupo de amigos forman parte del contrato social de la ciudad. Lo que no forma parte de ese contrato es que un extrano te imponga, sin tu consentimiento, su algoritmo de recomendaciones.
Y aqui es donde el asunto deja de ser una simple queja de mal humor y se convierte en un problema de diseno de productos. Las plataformas de Meta, TikTok y YouTube han optimizado sus feeds verticales precisamente para que la experiencia sin auriculares sea parcialmente funcional: los videos llevan subtitulos enormes, los primeros segundos estan pensados para enganchar visualmente, y la grabacion en vertical esta diseñada para llenar un campo de vision ajeno. El ecosistema tecnologico, sin querer o queriendo, ha creado las condiciones perfectas para el loudcasting.
Para los profesionales tech hispanohablantes, este caso plantea preguntas relevantes. Primera: cuantos de nosotros hemos normalizado, en reuniones, coworkings o incluso oficinas, reproducir contenido en abierto sin verificar que todos los presentes desean escucharlo. Segunda: por que las grandes plataformas no han integrado senales mas agresivas, como pop-ups o bloqueos, que desincentiven la reproduccion en altavoz en espacios publicos. Y tercera, mas profunda: estamos ante un problema de educacion digital o ante un fallo estructural del diseno.
La propia naturaleza britanica del articulo es significativa. Hancox sugiere que la solucion pasara por una especie de nudge muy britanico, esa persuasion suave heredada del behavioural insights team de Downing Street. Un cartel en el metro, una campana automatica cuando el telefono detecta que lleva mas de treinta segundos en altavoz en un espacio publico, un codigo social recuperado de la epoca en la que el silencio en el transporte era una norma no escrita.
Mientras esa intervencion llega, queda el ruido. Y la pregunta, cada vez mas urgente para quienes construimos tecnologia: estamos disenando para el usuario individual o para la comunidad que lo rodea? El loudcasting es, en el fondo, la version audible de un problema muy silencioso: productos brillantes que ignoran su contexto.