La inteligencia artificial (IA) ya forma parte de la infraestructura cotidiana en muchas regiones: desde filtros de correos electrónicos y generación de código de software hasta sistemas de recomendación, selección de candidatos laborales, educación, salud, finanzas y gestión pública. Los líderes del sector hablan de “IA para todos”, mientras los gobiernos publican estrategias nacionales y construyen capacidad computacional soberana.

Sin embargo, la experiencia de más de una década trabajando en proyectos de inclusión y alfabetización digital en Europa, el África subsahariana y el sudeste asiático revela un patrón persistente. Cada ola de tecnología “transformadora” llega a un terreno que ya está estratificado por el acceso a internet, las competencias digitales y la capacidad institucional. La actual ola de IA no es una excepción; más bien, amplifica esas fracturas subyacentes.

Sudáfrica e Indonesia ofrecen ejemplos ilustrativos de intentos por participar en el desarrollo de IA sin replicar directamente la carrera de los modelos fronterizos dominada por Estados Unidos y China. Ambos países exploran alianzas regionales, desarrollo de talento local y políticas de datos que les permitan contribuir, en lugar de limitarse a consumir, las soluciones de IA. Las posibilidades son evidentes: crear ecosistemas de innovación locales, fortalecer la capacidad del sector público y asegurar que los idiomas, culturas y prioridades sociales de cada nación estén representados en los sistemas de IA. Los retos, sin embargo, son considerables.

El costo de quedarse al margen es alto. Las naciones que permanecen principalmente como consumidoras de IA en lugar de creadoras corren el riesgo de perder oportunidades económicas estratégicas, de ver cómo se erosiona su capacidad institucional y de ver cómo sus realidades culturales quedan invisibilizadas en los algoritmos que rigen servicios esenciales. De este modo, la brecha de IA se transforma en una brecha de oportunidades económicas y de influencia tecnológica.

La concentración del poder computacional es un factor clave de esta divergencia. Según el último AI Index de la Universidad de Stanford (2026), Estados Unidos alberga por sí solo más de 5.000 centros de datos, una cifra superior a la de cualquier otro país en una proporción superior a diez a uno. Dado que las cargas de trabajo de IA se ejecutan cada vez más en plataformas cloud en lugar de en infraestructura local, esta concentración de cómputo se traduce en una concentración de dependencia. Los datos del Banco Mundial para 2023 indican que Estados Unidos acapara aproximadamente el 70 % del cómputo global dedicado a IA, un porcentaje que refleja un desequilibrio geopolítico cada vez mayor.

Este escenario plantea interrogantes críticos para los profesionales hispanohablantes del sector tecnológico. En primer lugar, la concentración del cómputo plantea riesgos de resiliencia y seguridad; las interrupciones en unas pocas regiones pueden tener repercusiones globales. En segundo lugar, la hegemonía computacional limita la capacidad de los países en desarrollo para adaptarse los modelos de IA a sus propios contextos lingüísticos y culturales, lo que puede perpetuar sesgos y reducir la eficacia de las soluciones implementadas. Por último, la brecha de IA se está convirtiendo en una brecha de talento; si no se invierte en educación, infraestructura y marcos regulatorios que fomenten el desarrollo local de IA, los profesionales de la región se verán relegados a roles periféricos en un ecosistema dominado por unos pocos actores.

Para abordar estos desafíos, es necesario adoptar estrategias integrales que combinen inversión pública, colaboración regional y políticas proactivas de datos abiertos. Los gobiernos deben priorizar la construcción de infraestructuras de IA soberanas, mientras que el sector privado tiene la responsabilidad de transferir tecnología y conocimientos de forma equitativa. Los profesionales de la región tienen un papel crucial que desempeñar: abogar por marcos regulatorios que protejan la diversidad lingüística, participar en iniciativas de colaboración regional como la “Alianza de IA del Índico” y promover la creación de talento local a través de programas educativos y de becas.

En síntesis, la IA no es solo una herramienta tecnológica, sino un factor geopolítico que redefine el poder global. La concentración del cómputo y la dependencia de modelos desarrollados en unos pocos países están hiperescalando la desigualdad digital. La respuesta de los profesionales, gobiernos y sociedades hispanohablantes determinará si la IA se convierte en un motor de inclusión y desarrollo compartido o en un nuevo vector de exclusión y dependencia. El momento de actuar es ahora.