La tensión en la sala de juntas de Menlo Park ha dejado de ser un rumor. Según fuentes cercanas al consejo de administración, varios directivos independientes han expresado su frustración privada por la escala y velocidad del desembolso en inteligencia artificial, que supera ya los 35.000 millones de dólares solo en 2024 y podría alcanzar los 40.000 millones antes de fin de año.

El conflicto no es nuevo, pero su intensidad sí. Desde el lanzamiento de ChatGPT a finales de 2022, Zuckerberg ha reorientado la compañía —entonces centrada en el metaverso— hacia una carrera armamentística de GPUs, centros de datos y talento que compite directamente con Microsoft, Google y Amazon. La diferencia: Meta no vende cloud ni software empresarial; su modelo sigue dependiendo al 98 % de la publicidad digital.

"Mark trata la IA como una apuesta existencial, pero la junta tiene la obligación fiduciaria de preguntar cuándo y cómo vuelve ese capital", explica un exdirectivo que pidió anonimato. "La paciencia de Wall Street no es infinita, aunque las acciones hayan subido un 60 % en 2024".

El poder de voto de Zuckerberg —cerca del 61 % gracias a la estructura de acciones de clase B— blinda su estrategia frente a cualquier rebelión formal. Sin embargo, la presión blanda funciona: en las últimas reuniones trimestrales, directivos como Peggy Alford (ex-PayPal) y Marc Andreessen (a16z) habrían exigido hitos claros de monetización para Llama 3, los agentes de WhatsApp Business y la publicidad generativa.

El contexto macroeconómico agrava el pulso. Con tipos de interés altos, el coste de capital de Meta se ha encarecido, y los analistas empiezan a modelar escenarios donde el retorno de la inversión (ROI) en IA no llegue hasta 2027-2028. Mientras, Reality Labs sigue quemando 4.500 millones por trimestre sin fecha de rentabilidad.

¿Por qué importa? Porque Meta es el termómetro del sector: si la mayor empresa "solo-ads" del mundo no logra convertir la IA en ingresos recurrentes, la narrativa de "capex ilimitado" que sostiene las valoraciones de Nvidia y toda la cadena de suministro podría resquebrajarse. La junta lo sabe. Zuckerberg también. La partida se juega ahora en los márgenes: más eficiencia en entrenamiento, menos clusters experimentales y una hoja de ruta de producto que el mercado pueda auditar.

De momento, el fundador ha cedido terreno táctico: congeló contrataciones no esenciales, recortó proyectos de investigación pura y prometió "disciplina capitalista" en la última earnings call. Pero su convicción estratégica no cambia: "Quien controle la IA de código abierto controlará la próxima plataforma". La junta, por primera vez en una década, ha dejado de aplaudir y ha empezado a exigir facturas.