El estreno de *Day (After Day) in the Life of the Useless* en la Black Swan State Theatre Company no es solo una obra de teatro más; es una radiografía cómica y brutal de la condición humana bajo el imperio de los algoritmos. Will O'Mahony, autor e intérprete principal, construye un personaje —Pete— que tras ser dejado por su novia días antes de la boda, recibe el veredicto de una IA en 1,49 segundos: "La mejor venganza es vivir bien". La frase, vacía de empatía real, desencadena una cascada de desastres que la pieza estructura en 35 capítulos breves, cada uno anunciado con titulares en amarillo fosforescente sobre paneles de mensaje variable, esos mismos que advierten de atascos en la autopista.

La referencia visual al *Viajero sobre el mar de niebla* de Caspar David Friedrich no es casual. Pete se planta en el acantilado como el héroe romántico, pero su mirada no contempla lo sublime, sino el abismo de su propia irrelevancia. El recurso de la señalética digital cumple una doble función: marca el ritmo frenético de la narrativa —cambios de trabajo, citas fallidas, estafas piramidales— y ofrece al público un respiro cognitivo, un *prompt* visual que nos obliga a reorientarnos igual que hace el protagonista con cada nueva respuesta generada.

Lo que hace inquietante a la propuesta no es su tecnófoba, sino su precisión antropológica. O'Mahony evita el lugar común del "robot malvado" para centrarse en la externalización del criterio. Pete no usa la IA para escribir correos; la consulta para decidir si vale la pena vivir, cómo ligar, cómo ganar dinero. El ensemble de cuatro actores que mutan de personaje en personaje refuerza la sensación de que el entorno humano también se ha vuelto intercambiable, predecible, casi sintético.

Para el sector tech, la obra plantea preguntas que los *papers* de ética suelen esquivar: ¿qué ocurre cuando la latencia de la respuesta (1,49 s) sustituye a la deliberación moral? ¿Hasta qué punto la optimización algorítmica de la vida personal nos convierte en "inútiles" —título irónico de la pieza— al atrofiar nuestra capacidad de error y aprendizaje? El humor, negro y veloz, actúa como *trojan horse*: mientras reímos del patetismo de Pete, reconocemos en sus consultas a ChatGPT (o su equivalente ficcional) nuestras propias búsquedas nocturnas de validación externa.

El montaje, dirigido por Kate Cherry, demuestra que el teatro contemporáneo puede ser un laboratorio de *human-computer interaction* más honesto que muchos *white papers*. Los paneles LED no son decorado; son interfaz. El público los lee como Pete lee las respuestas: con ansia de certidumbre. Y esa es, quizás, la mayor aportación de la obra a la conversación sobre IA: recordarnos que la verdadera *alignment* no está en el modelo, sino en quién formula el *prompt* y por qué tiene miedo a quedarse sin respuesta.