En 2024 se cumplen 25 años del estreno de *A.I. Artificial Intelligence*, la película de Steven Spielberg que, a diferencia de sus anteriores éxitos de acción, se presenta como una fábula futurista sobre un niño robot programado para amar. Lo curioso es que el proyecto no nació en la mente de Spielberg, sino en la obsesión de Stanley Kubrick, quien durante más de veinte años intentó llevarlo a la pantalla grande sin lograrlo.

La base narrativa es el relato corto de 2.000 palabras *Supertoys Last All Summer Long*, escrito por el autor británico Brian Aldiss en 1969 para una edición especial de *Harper’s Bazaar*. La historia se sitúa en una sociedad distópica sobrepoblada, donde el Estado regula la reproducción mediante una lotería y un niño sintético, David, es entregado a una pareja estéril que desea un hijo. El conflicto central surge cuando el robot, supuestamente diseñado para actuar como un niño real, no logra conectar emocionalmente con sus padres adoptivos.

Kubrick se sintió atraído por la calidad lírica y cósmica del cuento, que percibía como una versión moderna de *Pinochoio*, el clásico de Collodi sobre un muñeco que anhela convertirse en humano. A partir de 1976 el director británico comenzó a desarrollar el proyecto, pero los años posteriores estuvieron marcados por cambios de guion, problemas de financiamiento y la imposibilidad de encontrar una producción que aceptara su visión extremadamente ambiciosa. Finalmente, tras la muerte de Kubrick en 1999, Spielberg tomó el relevo, trasladando la historia al nuevo milenio.

La película se estrenó en 2001, en una época en la que los teléfonos inteligentes aún eran un concepto de ciencia ficción y la inteligencia artificial se limitaba a sistemas especializados. Sin embargo, la obra no pretendía predecir ChatGPT o la generación de imágenes por IA; su objetivo era explorar las preguntas éticas y emocionales que emergen cuando los humanos establecen lazos afectivos con máquinas. A medida que la IA se integra en la vida cotidiana, el film vuelve a resonar como una advertencia y una reflexión sobre la naturaleza del amor y la identidad.

En *A.I.* el robot David encarna la ansiedad contemporánea: ¿puede una máquina sentir? El teddy hablante, que intenta guiar a David, sintetiza la paradoja de un mundo donde la tecnología promete sustituir lo humano pero, al mismo tiempo, genera una nueva forma de soledad. La película plantea que la autenticidad del cariño no depende del sustrato biológico, sino de la capacidad de experimentar vulnerabilidad y dependencia, temas que hoy cobran relevancia con los chatbots que simulan empatía y los algoritmos que modelan nuestras relaciones sociales.

Visualmente, Spielberg combina la estética de cuento de hadas con una dirección cargada de simbolismo: luces frías, paisajes desolados y una banda sonora que conjuga melancolía y esperanza. La película se distancia del tono sombrío de Kubrick, optando por un estilo más accesible, pero conserva la carga filosófica que el director británico había insinuado. La figura de David, atrapada entre la expectativa de ser ‘real’ y la imposibilidad de cumplir con las normas humanas, evoca la eternidad del mito del niño que desea convertirse en humano.

En la era de la generación de contenido por IA, la película anticipa dilemas que hoy son cotidianos: la manipulación de la percepción humana mediante deepfakes, la comercialización de asistentes virtuales que simulan afecto, y la creciente regulación de algoritmos que deciden quién puede ‘nacer’ o ‘experimentar’ en entornos digitales. La crítica de Kubrick a la controlabilidad de la reproducción humana resuena en debates actuales sobre la reproducción asistida por IA y la bioética de la edición genética.

Veinte y cinco años después, *A.I. Artificial Intelligence* sigue sin ser una simple entretenimiento; es una brújula que señala los riesgos emocionales y éticos de una sociedad donde la línea entre máquina y humanidad se difumina. Para profesionales de la tecnología, la película ofrece una invitación a reflexionar sobre el diseño de sistemas que no solo procesen datos, sino que respeten la dignidad y la capacidad de amar de los usuarios. En un mundo donde la IA ya escribe poesía y genera imágenes, la pregunta central de David –qué significa ser real?– sigue sin tener respuesta, manteniendo a la audiencia en una tensión inquietante que apenas se ha intensificado.