Los electores de Victoria se enfrentan a una avalancha de publicidad política creada por inteligencia artificial (IA) en las redes sociales. Las piezas, que muestran desde atracos con machetes hasta partos improvisados en cunetas por culpa de atascos de ambulancias y baches en las carreteras, están siendo difundidas a una escala que supera los presupuestos de los grandes partidos. La pregunta que inquiet a la opinión pública y a los reguladores es: ¿quién está detrás de estas campañas y qué riesgos plantea para la democracia?
La proliferación de estos anuncios se enmarca en una tendencia global donde herramientas de generación de imágenes y video impulsadas por modelos de lenguaje permiten producir contenido audiovisual en minutos y por unos pocos dólares. En el caso de la elección estatal de Victoria, un actor no identificado ha utilizado estas técnicas para crear piezas que reproducen puntos de la oposición: asociar al gobierno con una crisis de servicios de emergencia, un ‘tsunami de deuda’ y un aumento de la inseguridad ciudadana. Las escenas, aunque ficticias, están diseñadas para provocar reacciones emocionales y ser compartidas masivamente.
El gasto en estas creatividades ha superado el de los partidos mayoritarios, lo que sugiere que el coste de la desinformación política se ha democratizado. Según analistas del Instituto de Tecnología de Australia, el precio por mille impresiones (CPM) de un anuncio típico en plataformas como Meta o TikTok ronda los 3 USD, pero la producción del material audiovisual con IA reduce drásticamente los costos de diseño. Esto significa que pequeños grupos o incluso actores extranjeros pueden lanzar campañas de gran impacto sin necesidad de grandes presupuestos.
Desde el punto de vista regulatorio, Australia cuenta con la Ley Electoral de la Commonwealth y directrices de la Comisión Electoral Australiana (AEC) que obligan a los partidos a revelar la identidad de quienes financian la publicidad política. Sin embargo, la normativa no contempla específicamente el uso de IA para generar contenido. La falta de una exigencia de etiquetado claro permite que los anuncios se presenten como ‘material informativo’ sin identificación de su origen. Expertos en derecho electoral han instado a actualizar los marcos legales para incluir obligaciones de transparencia en la creación automatizada de publicidad.
Las plataformas tecnológicas también están bajo presión. Meta y Google han implementado bibliotecas de anuncios que exigen información sobre el pagador y la fecha de difusión, pero la verificación de la autenticidad del contenido sigue siendo limitada. TikTok, que se ha convertido en un canal privilegiado para los electorate más jóvenes, carece de un sistema de verificación comparable, lo que facilita la propagación de clips manipulados.
La respuesta de la sociedad civil ha sido mixada. Organizaciones de alfabetización mediática como ‘Media Literacy Council’ han lanzado campañas para enseñar a los usuarios a identificar señales de contenido generado por IA, como artefactos visuales o sincronizaciones de labios imperfectas. No obstante, la velocidad con la que se difunden las piezas supera los esfuerzos educativos.
El impacto potencial de estos anuncios es significativo. Los estudios sobre persuasión política demuestran que las narrativas emotivas, especialmente las relacionadas con la seguridad y la salud, pueden influir en la intención de voto incluso cuando los hechos son ficticios. Los investigadores temen que, sin intervención, la elección de Victoria se convierta en un campo de pruebas para futuras campañas de desinformación a nivel mundial.
En resumen, la convergencia de IA generativa, bajo coste de producción y escasos controles regulatorios está reconfigurando el panorama de la publicidad electoral. El desafío para las autoridades, las plataformas y la ciudadanía es establecer mecanismos que garanticen transparencia, promuevan la alfabetización digital y eviten que la tecnología se convierta en un arma de manipulación electoral. Las elecciones de Victoria podrían ser el primer término de referencia sobre cómo democracies de mercado lidian con la nueva era de la propaganda automatizada.