La irrupción de la inteligencia artificial generativa ha generado miles de debates sobre qué empleos están en riesgo. Programadores, traductores, ilustradores, analistas junior: la lista crece cada trimestre. Pero rara vez se apunta a la cúpula. Un nuevo proyecto satírico, bautizado como Chief Executive Replacement Engine (CERE), rompe ese tabú con una premisa tan simple como incómoda: “Por qué pagar 15 millones de dólares al año a un humano cuando un modelo de lenguaje puede tomar decisiones estratégicas por 50.000?”.

La web, presentada con la estética de un lanzamiento de producto SaaS empresarial, ofrece planes de suscripción que van desde el “Starter” —ideal para startups que quieren “pivotar sin piedad”— hasta el “Enterprise”, que incluye “optimización de paquetes de compensación ejecutiva” y “generación automática de excusas para resultados trimestrales decepcionantes”. El precio máximo: 250.000 dólares al año. Una nímigula comparada con la mediana de 14,7 millones que percibió un CEO del S&P 500 en 2023, según datos de la AFL-CIO.

Detrás de la broma late una cuestión técnica y económica legítima. Los grandes modelos de lenguaje (LLM) ya demuestran capacidad para sintetizar informes de mercado, modelar escenarios financieros, redactar memorandos internos e incluso simular negociaciones. Un estudio de 2023 de la Universidad de Pensilvania estimó que el 25% de las tareas de los directivos de alto nivel son “altamente expuestas” a la automatización con IA actual. Sin embargo, la exposición no equivale a sustitución: el juicio contextual, la gestión de stakeholders políticos y la rendición de cuentas legal siguen siendo barreras difíciles de franquear para un sistema probabilístico.

La sátira también expone la asimetría del discurso corporativo sobre IA. Cuando Microsoft, Google o Salesforce anuncian copilotos para desarrolladores o vendedores, el mensaje es “augmentación, no reemplazo”. Pero la lógica económica subyacente —maximizar output por unidad de coste— no discrimina por jerarquía. Si un algoritmo reduce un 40% el tiempo de preparación de una junta directiva, el siguiente paso lógico para un consejo de administración obsesionado con el EBITDA es cuestionar la necesidad de ese puesto.

En España y Latam, donde la brecha salarial entre directivos y plantilla media supera el ratio 100:1 en muchas ibex-35 y grandes grupos familiares, la provocación resuena con fuerza. Sindicatos como UGT y CCOO llevan años reclamando transparencia en los paquetes retributivos y cláusulas de responsabilidad social en la adopción de IA. La parodia de CERE, involuntariamente, les da munición: si la tecnología amenaza hasta el sillón más caro, la negociación colectiva debe incluir salvaguardas para toda la pirámide.

Ningún inversor serio va a despedir a su CEO mañana para instalar un “motor de reemplazo” alojado en un dominio .xyz. Pero la broma cumple su función clásica: decir en voz alta lo que los comités de dirección susurran en pasillos. La próxima ola de IA no solo automatizará código o atención al cliente; pondrá a prueba la narrativa del “liderazgo insustituible”. Y quizá, solo quizá, el primer directivo en ser “optimizado” no sea un junior, sino quien firmó el cheque de la suscripción Enterprise.