Durante su intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas, Donald Trump sorprendió a la comunidad tecnológica mundial al anunciar que Estados Unidos ha cambiado oficialmente el nombre de inteligencia artificial a 'super inteligencia'. La declaración, que formó parte de un discurso extenso y polémico que también tocó temas como Irán, el cambio climático y la comunidad transgénero, generó reacciones encontradas entre expertos en tecnología y analistas políticos.

La justificación de Trump para este cambio terminológico resulta tan llamativa como cuestionable. Según el presidente, la palabra 'artificial' le otorga al concepto un matiz de falsedad que no refleja la verdadera naturaleza de esta tecnología. ¿Es eso lo que la hace sonar falsa?, planteó retóricamente durante su intervención, dejando claro que su criterio no se basa en consideraciones técnicas sino en una percepción puramente retórica.

Esta no es la primera vez que Trump recurre al renombramiento como herramienta política. A lo largo de su mandato, ha decretado cambios de nombre en lugares emblemáticos: el Golfo de México pasó a llamarse Gulf of America, el Lago Superior adoptó otra denominación, el Centro Kennedy fue renombrado y hasta el Denali, la montaña más alta de Norteamérica, sufrió una modificación. El patrón es consistente: utilizar la autoridad presidencial para imponer una narrativa a través del lenguaje.

Sin embargo, el caso de la inteligencia artificial presenta un escenario diferente y mucho más complejo. A diferencia de un cuerpo geográfico o un edificio público, la IA es un campo tecnológico cuya terminología está construida sobre décadas de desarrollo científico internacional. El término inteligencia artificial fue acuñado en 1956 durante la Conferencia de Dartmouth y desde entonces se ha convertido en un pilar fundamental de la comunicación académica, empresarial y regulatoria en todo el mundo.

Desde una perspectiva técnica, el calificativo de artificial no pretende deslegitimar la tecnología, sino describir con precisión su origen: se trata de sistemas diseñados por humanos para simular capacidades cognitivas. No es un defecto, sino una característica definitoria, al igual que en otros contextos como los materiales de construcción o la respiración artificial en medicina. Eliminar este adjetivo no cambia la naturaleza de la tecnología, pero sí distorsiona su comprensión pública.

El gesto de Trump también refleja una tendencia creciente en el discurso político de utilizar el lenguaje como arma ideológica. En un entorno donde la inteligencia artificial está rodeada de expectativas exageradas y miedos legítimos sobre su impacto económico y social, renombrarla como super inteligencia añade una capa de mitología que puede tanto magnificar sus capacidades reales como confundir al público sobre sus limitaciones actuales. Los modelos de lenguaje actuales, por ejemplo, no poseen comprensión ni conciencia, independientemente de cómo se les denomine.

Este episodio plantea una pregunta relevante para la comunidad tecnológica hispanohablante: ¿tiene el poder político el derecho de redefinir conceptos técnicos que afectan a millones de usuarios, empresas e investigadores? Históricamente, los cambios de nomenclatura en ciencia y tecnología han surgido del consenso académico, no de decretos ejecutivos. La resistencia de la comunidad científica será clave para preservar la integridad terminológica de un campo que evoluciona a un ritmo sin precedentes.

Más allá de la ironía política, la renombración de la IA como super inteligencia podría tener consecuencias reales en la percepción pública. Si los gobiernos comienzan a adoptar terminologías que magnifican las capacidades de estas tecnologías, se corre el riesgo de generar una brecha aún mayor entre lo que la IA puede hacer y lo que la sociedad espera de ella. En un momento en que las regulaciones sobre IA están en plena discusión a nivel global, la precisión del lenguaje no es un detalle menor, sino un factor decisivo para políticas públicas informadas.

Sea como una provocación retórica o como un intento de reconfigurar el relato mediático, el anuncio de Trump subraya algo que la comunidad tecnológica no puede ignorar: el lenguaje que utilizamos para describir la inteligencia artificial moldeará, en buena medida, el futuro que construyamos con ella.