Durante años, las plataformas digitales y los organismos de verificación han apostado por los fact-sheets, documentos estáticos llenos de datos verificados para desmontar las teorías conspirativas que campan en redes sociales y chats. Un nuevo estudio, sin embargo, pone en jaque esa estrategia: una conversación de apenas siete minutos con un chatbot de inteligencia artificial logra un efecto significativamente mayor, y lo que es más relevante, el impacto se mantiene semanas después.
El hallazgo llega de la mano de un equipo de investigadores que decidió poner a prueba el potencial de los modelos de lenguaje conversacionales como herramientas de lucha contra la desinformación. Para ello diseñaron dos experimentos controlados en los que compararon el efecto de una hoja informativa tradicional con el de una charla breve con Google Gemini sobre crisis reales.
Los resultados son sorprendentes. Incluso cuando se contaba con pocos hechos verificados públicamente, el diálogo con el bot consiguió reducir la adhesión a creencias conspirativas de forma más efectiva que el material estático. Pero lo verdaderamente llamativo es lo que ocurrió después: en encuestas de seguimiento realizadas semanas más tarde, los participantes también mostraron menos creencias conspirativas sobre eventos completamente distintos a los tratados en la conversación original.
Esto sugiere un fenómeno de transferencia cognitiva. No se trata solo de aportar información puntual sobre un evento concreto, sino de activar un modo de pensamiento más crítico que el usuario aplica de forma espontánea a otros temas. El chatbot no solo informa, parece entrenar el escepticismo.
La clave podría estar en la naturaleza dialógica. Un fact-sheet es unidireccional: el lector recibe datos y debe procesarlos en soledad. Un chatbot, en cambio, puede adaptar su argumento, responder contraargumentos del usuario y mantener un flujo similar al de una conversación humana. Esa interacción, según los investigadores, activa procesos de persuasión más profundos que la simple lectura.
Para el ecosistema tech hispanohablante, este estudio abre preguntas incómodas y oportunidades interesantes. ¿Podrían los gobiernos y medios de verificación desplegar asistentes conversacionales específicos para combatir bulos durante crisis electorales, emergencias sanitarias o conflictos geopolíticos? ¿Sería ético hacerlo si el bot pudiera terminar convenciendo al usuario de posiciones distintas a las que llegó buscando?
También hay una lectura más fría: si las IAs conversacionales son más efectivas para desmontar conspiraciones, también podrían serlo para construirlas. Las implicaciones regulatorias y de seguridad son evidentes. La Unión Europea, con su AI Act ya en vigor, podría tener que ampliar el debate sobre qué tipo de intervención algorítmica es admisible en cuestiones de salud pública o integridad democrática.
Quedan, eso sí, preguntas por resolver. Los experimentos se realizaron en inglés, con usuarios anglosajones y sobre crisis específicas de su contexto informativo. Replicar estos resultados en español, con su enorme diversidad de ecosistemas de desinformación y con públicos menos familiarizados con herramientas de IA, será clave antes de pensar en aplicaciones a gran escala.
De momento, la evidencia apunta a un cambio de paradigma: la guerra contra las conspiraciones puede que no se gane con más documentos, sino con mejores conversaciones. Y la tecnología para mantenerlas ya existe en el bolsillo de millones de usuarios.